Por qué todos los liberales mienten

Aquellos que tienen la paciencia de seguir nuestras desventuras en Twitter sabrán del aprecio que guardamos por el razonamiento deductivo como antídoto para descrifrar misterios. En el siguiente texto, vamos a intentar explicar cómo, efectivamente, todos los liberales mienten, y por qué. La conclusión podría parecer excesiva, pero es precisamente la barbaridad que representa lo que funda el motivo cierto para redactar este artículo. Para demostrarlo, seguiremos un sencillo proceso de deducción que nos llevará hasta la conclusión final. Pero antes acercaremos al lector unos breves conceptos para aclarar el camino.

La libertad es un concepto ciertamente complejo de definir como el amor, la felicidad, la belleza o el arte, todos ellos objetos de bellísimas controversias e interpretaciones a lo largo de la historia. Es fácilmente comprensible que los conceptos y sus apreciaciones varíen con el tiempo según varían las condiciones que los hacen posibles: hablar de libertad hoy, o en el Feudalismo o en la Prehistoria es evidentemente diferente. Por ello, en consecuencia con el tiempo y las condiciones, adoptaremos la definición de libertad más ampliamente aceptada en la era contemporánea, donde se considera al ser humano como un sujeto capaz, abierto y dispuesto como nunca antes a toda clase de medios y mecanismos para alcanzar esa capacidad.

En 1958, el pensador liberal Isaiah Berlin presentó en la Universidad de Oxford la conferencia “Dos conceptos de libertad“, que a la postre terminaría depositando el concepto de libertad que sigue vigente hasta hoy. Berlin diferenciaba dos tipos de libertad: la ‘libertad negativa‘ y la ‘libertad positiva‘, de cuya conjugación nacería la definición de libertad. Este concepto se ha convertido con el paso del tiempo en una referencia clásica para el debate sobre la libertad. No obstante, y así lo enfocaremos, ambas consideraciones suelen entrar en conflicto; también lo discutiremos.

Berlin define la libertad negativa como la no interferencia de nada ni nadie en mi actividad, es decir, la ausencia de coacción alguna para que yo haga o no haga. Por otra parte, define la libertad positiva como la situación en la que yo dispongo de la voluntad necesaria para hacer. Los liberales aman la libertad, la adoran; la libertad es el centro de toda norma cuya culminación es la teoría del Liberalismo. ¿Pero qué es la libertad para un liberal?

Si atendemos a la definición filosófica del término antes mencionada nos será más fácil entender dónde está el (auto)engaño. La libertad existe sólo como conjugación inevitable y virtuosa de la libertad negativa el que nadie te impida tus acciones y la libertad positiva el ser dueño de la propia voluntad. Pero los liberales, amparados en las teorías de los pensadores de la Escuela Austriaca, solamente se fijan en esta segunda, pues determinan que ella misma define la primera, y eso es su libertad. Veamos por qué están equivocados.

La libertad para un liberal, en términos sociopolíticos, se traduce en una menor estructura de Estado, menor supervisión y un puñado de leyes de trazo grueso que más o menos sostengan el sistema. En términos filosóficos, la libertad significa, entonces, que nadie te ponga problemas para conseguir lo que quieres.

Es fácil advertir, sin embargo, que en un sistema poco regulado lo que terminará por imponerse es la ley del más fuerte. Y eso quiere decir que si usted, de quien yo ansío los bienes, es más pequeño y débil que yo, me bastará con un par de buenos garrotazos para arrebatárselo de cualquier manera sin que nada ni nadie me lo prohíba. A este respecto, los liberales le ilustrarán con notables aunque contadísimos ejemplos de gente pequeña que ha conseguido medrar hasta la cima contra todo impedimento. Y con la misma astucia, le esconderán los millones de individuos que han sido pertinentemente abandonados a su suerte para que esa gente lograse su empresa, individuos evidentemente débiles que ni siquiera merecieron la observación de esa evidencia por parte del más fuerte.

Lo que resulta es que usted, que es pequeño, ya no dispone de sus bienes y, a poco que la cosa se repita, aprenderá incluso a ni siquiera aspirar a ellos. Y si uno no puede aspirar a su realización material, si su existencia se limita a sobrevivir, difícilmente será capaz de controlar su voluntad; es decir, haciendo uso de su libertad negativa, además el liberal le estará secuestrando su libertad positiva.

Pero existen los contratos privados. Un liberal ama recurrir a los contratos privados: acuerdos particulares entre particulares donde se establecen de mutuo acuerdo las condiciones que regularán la relación entre ambos. Los liberales apuntalan la teoría afirmando que, obviamente, nadie aceptaría voluntariamente someterse a un contrato privado si éste le exigiese un sacrificio inhumano o sus condiciones fuesen claramente desfavorables. Dicho de otra manera: que de ninguna forma nadie aceptaría un acuerdo en el que yo plantease un buen par de garrotazos como moneda de cambio.

Quizá obvian los liberales que el precioso instinto de supervivencia del ser humano le empuja, precisamente, a sobrevivir de cualquier manera. Quizá ignoran los cientos de miles de contratos basura que muchos se ven obligados a aceptar sin alternativa, gente que para sobrevivir accede a someterse a unas condiciones que atentan frontalmente contra su dignidad como trabajador y como ser humano. Y evitan aclarar que incluso estos contratos están permitidos, regulados y supervisados por las leyes. Imagine si ni siquiera existiesen esas leyes y nos abandonásemos a las ‘bondades’ de los contratos privados.

Paradógicamente, lo que aquí sucede es que su propia concepción de la libertad, incluso aceptada con ese significado tan parcial la no interferencia de nada ni nadie en mi actividad, o el abandono a los contratos particulares entre particulares, termina por atentar contra, exactamente, esa misma libertad del otro: si nadie te lo impide, obtendrás de mí tu semejante más débil, lo que quieras, de la manera que quieras, y durante el tiempo que quieras; y yo nunca podré obtener nada de ti salvo lo que tú permitas que yo obtenga. Así, si tú dispones de mi libertad negativa, entonces yo no dispongo de ella porque tú me lo impides, y por lo tanto, no soy libre. Es decir, además el liberal le estará secuestrando su libertad negativa.

Y es que la competencia, eterno recurso de los liberales, sólo es competencia cuando las condiciones que regulan el juego son las mismas para todos los participantes; de cualquier otra manera, estaríamos ante una suerte de sucedáneo que adopta la forma de competencia pero que resulta, en fin, una farsa. Los liberales prefieren hablar de libre competencia, de libertad, en un intento de adosarle un apellido de alta alcurnia que, como hemos demostrado, resulta en realidad una burda falacia.

Llegados a este punto, hemos deducido cómo el ejercicio de la libertad negativa pura termina por sustraer al semejante cualquier manifestación de su libertad positiva y de su libertad negativa, y por tanto, de su libertad. Así, aquel que reduce la definición a uno u otro aspecto estará incurriendo en un error que resulta en la negación del propio concepto que se discute. Y puestos a hablar de libertad, de convivencia en común en fin, esto resulta ciertamente fatal.


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