Un tipo resultón

En la tarde de ayer, el programa ‘La Ventana’, de la Cadena Ser, abordó el último atentado terrorista en Niza, donde fallecieron 84 personas atropelladas por un camión suicida. Las personas que se congregaban a lo largo del paseo marítimo asistían a un espectáculo de fuegos artificiales que conmemoraban el 14 de julio, día de la fiesta nacional francesa.

A modo de respuesta solidaria, el programa ofreció a los oyentes la posibilidad de entonar “un gran je t’aime” dirigido al pueblo francés a través del relato de sus mejores experiencias en el país vecino. Las llamadas se sucedieron entre viajes de trabajo, estancias de estudiantes y mensajes de fraternidad más o menos elaborados. Pero también llegaban algunos mensajes de oyentes que advertían en las reacciones al atentado terrorista la tendencia -cada vez más frecuente- a sectorizar los problemas en función de la distancia que nos separe de ellos.

A este respecto, el director y presentador del espacio, Carles Francino, se apuró a excusarse de la siguiente forma: “Son igual de valiosas las muertes en Irak, en Afganistán o en Siria que en cualquier país occidental, […] pero no puedo evitar que si le dan un trastazo a un vecino tuyo lo sientas más cerca y te duela más”. Para terminar su alegato, culpó “a los políticos” por no tener en cuenta una consideración tan obvia como la igualdad de los seres humanos, un valor recientemente celebrado en Francia durante el Día de la República, día del atentado.

Y la reflexión es cosa común: seguramente, la habrás escuchado en multitud de ocasiones y en referencia a las más diversas catástrofes. Cabe recordar que, de hecho, el mensaje es icono de las maneras de la Cadena Ser durante los últimos seis años, desde que el grupo Liberty se hiciese con el control del Grupo Prisa, editora de la Cadena Ser y El País. La deriva en este diario es todavía más evidente, pero la labor del grupo Liberty, un holding empresarial que aglutina al lado más salvaje del capitalismo mundial (Goldman Sachs, Credit Suisse, Deustche Bank, Morgan Stanley), da sus frutos en todas las ramas de Prisa.

Pero no vamos a recurrir aquí al absurdo conspiranoico que apunta a esa supuesta elección deliberada de individuos previamente instruidos para repartir el sermón entre los oyentes según las necesidades del amo. Aburre. En realidad, es mucho más eficiente escoger al más dócil pero resultón de entre la manada y limitar toda coacción a simplemente dejarle hacer. Y ése es, entre tantos otros, Carles Francino.

Una persona puede ser muy resultona aunque dedique su tiempo por entero a desprestigiar su profesión; lo importante es que no desprestigie a quien le paga.

La reflexión de Francino tiene la indudable apariencia de verdad, quizá precisamente por el empeño general en repetirla. Además, para colmo, viene introducida por una verdad axiomática, universal, evidente: “la vida de todos vale lo mismo”. Pero conviene darle una segunda vuelta para terminar de entender por qué, en realidad, el mensaje resulta inaceptablemente mezquino.

Vamos a intentar adivinar bajo qué circunstancia mínimamente aceptable por favor, abandonemos la idea de la distancia es justificable una afirmación como “Cuando la adversidad le sucede a tu vecino, te duele más”. Carles Francino asimila toda desgracia a una suerte de detonación que afectará más o menos a los ajenos dependiendo de la distancia a la que se encuentren de ella. Hay que recalcar que hablamos de afectación, es decir, del grado en que te sientes concernido por un hecho cualquiera. Probablemente, a estas alturas del texto todavía te preguntas qué hay de malo en esa afirmación tan aparentemente cierta.

Es indudable que los lazos emocionales que se establecen con una persona más próxima no existen si nos referimos a alguien extraño y más lejano. Por tanto, es lógico también admitir que sus aventuras y desventuras nos afectarán de una forma tanto más directa cuanto más íntimo sea el trato con ella. Evidente. Pero en este caso, ésta es una reflexión rudimentaria, inmoral e irresponsable.

Es rudimentario porque aplica una conclusión extraída del ámbito doméstico a un contexto sociopolítico global, amplísimamente más compleja; un buen ejemplo de simplificación del discurso, lo que hoy se conoce como cuñadismo. Es inmoral porque conlleva la idea implícita de que, en realidad sí que hay vidas más importantes que otras, lo cual precisamente niega la verdad universal con que Francino introduce su reflexión. Y es irresponsable porque la audiencia que recibe el mensaje mitad verdad, mitad barbaridad, es enorme. Por si fuese poco, la barbaridad contraviene incluso el artículo 2 del Código Deontológico de los periodistas, que expone que “El primer compromiso ético del periodista es el respeto a la verdad”, una verdad que parte de la ética; ha quedado claro que algo rudimentario e inmoral poco se puede parecer a esta verdad.

Lo que ocurre es que, si el dueño del negocio escoge al más dócil para gobernar el negocio, lo más probable es que la capacidad de reflexión del dócil sea tan limitada como escaso el respeto que guarda por su profesión, o ridículo el valor que otorga a su deber moral. De cualquier forma, no parece que esta simpleza sea de provecho alguno para enfrentarse al conflicto, sino que más bien representa una fantástica excusa para no hacer nada. Una excusa, además, fumigada sobre una sociedad empobrecida y hambrienta de excusas.

Es fácil adivinar que la reacción frente a una adversidad determinará en gran manera la actitud que finalmente tendremos hacia ella, así que mal negocio es empezar excusándose. Si siempre nos asustamos de los perros, jamás podremos disfrutar de ellos; si siempre nos venimos abajo al suspender un examen, jamás podremos conseguir graduarnos; si siempre nos hundimos al romper una relación, jamás conseguiremos enamorarnos. ¿Negamos aquí el miedo a los perros, la decepción tras suspender un examen o el dolor de una ruptura sentimental? No, hablamos de cómo reaccionamos. Es importante fijarse en que cada una de estas pequeñas miserias también cuenta con su correspondiente y reconfortante excusa: los perros son peligrosos; los exámenes son duros; el desamor duele. La consideración de Francino propone que contemplemos los acontecimientos en función de la reacción instintiva que nos provoque, sin mayor reflexión. Paradógicamente, de esta manera nos ahorraremos reaccionar como se debería y, por tanto, también esforzarnos en solucionar el problema. ¿La excusa? Me queda lejos.

Pero ocurre que en este caso, y casi a modo de chiste, incluso la excusa es mala. Recientemente, el ‘informe Chicolt’ desvelaba que la interesada intervención de Occidente en Oriente Medio es causa directa de la creciente sucesión de atentados terroristas en Europa, como el de Niza. Es decir, que la distancia que nos separa de las muertes iraquíes es especialmente irrelevante, porque precisamente nuestra actuación allí es el motivo de las muertes de aquí, las francesas, esas que sí duelen.

A la vista de las trágicas consecuencias de esta manera de hacer, propongo una alternativa: comencemos a utilizar las palabras con el verdadero significado que se les supone. A los gestos bonitos sólo para quien nos importa no les llamaremos solidaridad, sino hipocresía. A culpar a los políticos después de haber evidenciado que sufres del mismo mal que ellos no le llamaremos compromiso social, sino inconsciencia. A saber de qué hablamos aquí y no hacer propósito de enmienda ni siquiera le llamaremos indiferencia, sino cobardía.

Pero no seamos malos. Después de todo, Francino es un tipo afable, cordial, sencillo. Un tipo resultón.

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